Relatos

El barco de la birra

Nunca he sido creyente. Sí, hice la comunión, me bautizaron y toda esa parafernalia religiosa con la que nunca he estado de acuerdo, pero nunca he creído en dioses y ni reyes del paraíso, aunque un pianista me ha hecho pasear por los jardines del Edén.

En el bar El barco de la birra lo conocí aquella tarde de sábado lluvioso y frío cuando entré con unos amigos para brindar por la vida y huir del aguacero. Y Ahí estaba él: cuerpo esbelto, pelo corto y puntiagudo y unos ojos verdes que eran capaces de iluminar toda la eslora de aquel navío de la cerveza.

Acabamos la noche y la madrugada en mi cama. Pasamos los momentos más agradables de los que hasta ahora pueda recordar mientras la tormenta rugía en la calle.

Después de la tempestad llega la calma y eso pasó aquella mañana de domingo. Tras la lluvia nocturna y tras mi apasionada velada entre jadeos y orgasmos, el día del Señor llegó con un sol radiante, o al menos eso me parecía a mí pese a que alguna nube atacara de vez en cuando los brillantes rayos del sol. Cuando desperté, descubrí que se había marchado, pero una nota reposaba delicada sobre la almohada contigua a la mía: “Estaré tocando en la iglesia de Nuestra Señora de la Crucifixión”. Era el músico de la parroquia de mi barrio.

Hacía casi 20 años que no pisaba una iglesia, pero aquel día fui. El evento parecía recién empezado y la gente se encontraba en pie, frente al altar. Me ubiqué lo más cerca posible de la puerta, pues no quería llamar la atención por mis ademanes ateístas y con escaso conocimiento del rito religioso. Miré al altar mayor, levanté suavemente la vista hacia el cristo crucificado y, sobre su cabeza y vestido con una túnica blanca, lo vi. Allí estaba él, ojeando, supongo, las partituras eclesiásticas que debía interpretar en los próximos minutos, y yo no podía parar de pensar en aquella noche junto a él, junto a su cuerpo, mezclándonos entre las sábanas y lanzándonos de lleno a la pasión y la lujuria.

  • Pedimos humildemente perdón al Señor por todas nuestras faltas, – dijo de inmediato el sacerdote sacándome por un momento de mi recuerdo. Y el órgano empezó a sonar.

Yo no podía parar de mirar por encima de la cabeza de aquel Cristo crucificado y sentir, por cada tecla que él tocaba, cómo sus labios recorrían mi cuerpo desnudo partiendo del cuello y deslizándose por cada uno de los poros que conforman mi figura. Cada nota era un susurro en mi oído y cada movimiento suyo frente al órgano, un segundo de placer intenso recorriendo mi torso de punta a punta llegando a erizar cada uno de los pelos que habitan en mi cuerpo.

La música paró y el sacerdote empezó a hablar. Yo tenía ganas de salir corriendo escaleras arriba, llegar hasta él y, juntos, deslizarnos por ese órgano del siglo XVI haciendo sonar cada una de las teclas mientras nuestros cuerpos se fundían en uno bajo el desenfreno más absoluto.

Nunca había sentido tanta pasión concentrada, tanto fuego en mi interior y tanto erotismo primitivo. Sabía que no estaba en el mejor de los sitios. Ni una figura sagrada, tallada en un frío mármol, cabizbaja y ensangrentada, impedía que mi furia sexual volara por mi cerebro.

Empecé a tener calor. Mucho calor. Y entonces: “daos fraternalmente la Paz”, resaltó el párroco. La gente se besaba en la mejilla, se daba la mano y decían “la Paz sea contigo”. Lo que sentía en mi interior era de todo menos paz. Veía esos castos y púdicos besos y otra vez volvía a sentir cómo mi vello se ponía en pie rememorado las caricias y el roce de su cuerpo contra el mío. No sabía qué hacer. Tenía la necesidad de llegar hasta él. Necesitaba otra noche como la anterior. Mi cuerpo ardía en deseos de volver a sentirle dentro de mí, de volver a explotar de placer.

Veía a mi alrededor un movimiento a cámara rápida, como en las películas cuando el protagonista tiene la mirada perdida y lo demás sigue sucediendo como si nada. El corazón me latía a infinitas pulsaciones por minuto, el sudor me brotaba incesante de los poros y de pronto… oscuridad.

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