Somos una generación amargada. No sé qué nos pasa, pero siempre que nos reunimos acabamos diciéndonos mutuamente que estamos mal, y todo gira en torno al trabajo. Todos coincidimos en lo mismo: cansados, agotados, destruidos, tocados y hundidos laboralmente. No tengo a casi nadie a mi alrededor que esté conforme con lo que hace. Si no son los horarios, son las funciones y si no son las funciones es el sueldo.
Hace justo un año tomé la decisión de dejar ese trabajo que me ahogaba. Dejé un trabajo con un buen horario, con un buen sueldo, con unas buenas condiciones… Era un trabajo que me gustaba, pero estaba amargada. Había tocado techo, no podía aspirar a más, las labores diarias las hacía como una autómata, no tenía ganas de ir, no tenía ganas de nada, no me aguantaba ni a mí misma, y eso lo proyectaba en cada cosa que hacía y decía. Pero llegó un día que algo hizo click en mi cabeza. No podía seguir así, no podía vivir con ese enfado.
Antes de aquello estuve un par de años buscando otro trabajo. Dentro del periodismo, claro, que es para lo que me he formado y donde he trabajado tantos años. Hice entrevistas presenciales y online donde me ofrecían unas jornadas de diez horas porque, claro, tienes dos horas para comer. Sueldos vergonzosos, a una hora en metro de mi residencia habitual, o una hora de atasco a la ida y otra a la vuelta, lo que más me conviniese. Eso sí, los beneficios eran de lo más motivador en la mayoría (nótese la ironía): trabajar en una empresa joven, dinámica y con oficinas diáfanas, luminosas y con salas que tienen su encanto propio. Nada superaba lo que ya tenía, nada.
Un año después de haber tomado la decisión de dejarlo todo, de haber abandonado el periodismo y de dedicarme a otra cosa que nada tiene que ver con lo que hacía, me siento en paz. Pero escucho las historias de mis amigos y vuelvo a tener esa sensación de desánimo, de amargura, de tristeza reflejada en sus discursos; hasta de fracaso en muchos casos porque nada supera lo que ya tienen, porque irse de un sitio en el que no estás bien a otro en el que vas a estar peor, no es evolucionar, es poner una tirita en una herida que se va a volver a abrir en poco tiempo. Tanto esfuerzo, tanta lucha, tanto agotamiento mental nos lleva a ser una generación amargada y me pregunto por qué, qué nos pasa, por qué no estamos conformes, por qué sentimos que vivimos estancados, por qué no estamos felices con lo que hacemos, por qué.
Dejo una canción para este domingo: El nudo, de Vanesa Martín.
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La canción de Vanesa Martín lo dice todo…, ya sabes, la vida es una mierda maravillosa.