Sí, así como lo estás leyendo. Mi hiperactividad y la necesidad que tengo de hacer cosas nuevas me ha llevado a colaborar en mis ratos libres en algo que nunca jamás me esperaría: invertir tres o cuatro horas de mi jornada preparando un mercadillo en una casa particular. Esta práctica se llama Home Market y es un ejercicio que se viene haciendo en Estados Unidos y el norte de Europa desde hace muchísimos años. En estos mercadillos caseros encuentras artículos de lujo a precios sencillos y nació de la necesidad de vaciar una casa, ya sea por mudanza, por venta o por fallecimiento, que suele ser lo más común. La gente hereda viviendas y no quieren nada de lo que hay en su interior. Ahora esta moda ha llegado a España y me encanta formar parte de ella.
En casi todas las casas en las que he estado el principal dueño o dueña había fallecido unos meses antes. Los herederos deciden venderla y necesitan deshacerse de lo que hay en su interior, por lo que la encontramos casi tal y como la dejó por última vez el finado. Los beneficiarios suelen hacer un batida y vacían la caja fuerte, los cajones de ropa interior y joyas o pertenencias que saben son de valor. Lo demás lo hacemos el equipo de The Circular Market. Abrimos armarios, cajones, metemos la mano en los bolsillos de la ropa y sacamos papeles de despachos en los que antes algún señor o señora acomodada trabajó en sus rentas. Porque sí, estas casas no son de clase media o baja, son de clase alta; altísima en la mayoría de los casos.
Y te preguntarás por qué disfruto tanto metiendo la mano en el bolsillo de un abrigo donde seguramente encuentre un moquero tan verde y compacto como un pedazo de corcho. Pues sencillamente porque me encuentro con vidas interesantes, con objetos desconocidos y con detalles tan tiernos como guardar las cartas que una niña de seis años escribió a los Reyes Magos en la década de cincuenta o las fotos de los antepasados de finales del siglo XIX, en álbumes, reseñadas y fechadas.
Palmira vivía en mi misma calle, seguro que alguna vez me la crucé mientras paseaba apoyada sobre su andador. Ella habitó esa casa que ahora ya no es suya, esa ropa que ahora viste a otro cuerpo y ese despacho con libros de 1906. Fue la niña de seis años que le pidió a los Reyes Magos una cartera y un plumier. Guardaba las cartas que recibió su padre durante la Guerra Civil y todos las felicitaciones navideñas que ella le enviaba a él cada año desde Alemania, donde vivió muchos años.
Francisco, o Paco como lo llamaba su mujer en sus diarios, fue el médico de Juan Domingo Perón durante gran parte de su exilio en España y en su casa tenía un crucifijo del siglo XVIII al que le faltaban los brazos. Además, el padre de Paco fue panadero en los años cincuenta y de vez en cuando, mientras dejábamos todo bonito para el mercadillo, nos llegaba un olor a pan recién horneado que provenía del local de abajo.
A Nubia la conocí y hablé con ella. Es cubana y tuvo que exiliarse aquí en España con sus padres cuando aún era una niña. Vendía el chalé para irse a vivir a Santo Domingo con su hijo, un diplomático que en su juventud debió ser un pieza de cuidado.
Javier heredó la casa de su padre y en ella había muebles antiguos traídos de China y Japón en los años 70. Y no solo quiso deshacerse de ellos, sino que también quiso deshacerse de todos sus recuerdos: ni siquiera se llevó las fotografías de su infancia.
En casa de Benito y Gracia encontramos unas cenizas, no sabemos de quién. También encontramos el traje de novia de ella. Al verlo, no pudimos evitar imaginárnosla dentro de él rumbo hacia el altar. Unos días después encontramos la fotografía de su boda y, por fin, pudimos comprobar cómo le quedaba. Allí estaba ella, radiante, junto a Benito, en una imagen rebosante de felicidad dispuestos a comenzar una vida juntos que llenaría el hogar de buenos y malos momentos.
Detrás de cada piso, persona o prenda de ropa hay una historia. Nubia nos enseñaba los vestidos que había llevado a grandes fiestas. Ahora otro cuerpo dará vida a esos trajes que serán testigos silenciosos de nuevas historias que contar en un futuro.
Te animo a visitar algún Home Market en los próximos fines de semana y mientras estés paseando por la casa buscando tesoros, imagina la historia que han podido tener. Si te llevas algo, recuerda que cuando nos vayamos de este mundo solo nos llevamos nuestro cuerpo y que nuestra historia algún día será olvidada, pero nuestras cosas pueden tener una segunda oportunidad siendo testigo de nuevos recuerdos.
