¿Me invitas a tu boda o me invitas a pagar tu boda?

Me he cansado de pagar bodas. Me lo paso bien, me gustan, las disfruto, las vivo y hasta me emociona comprobar que todavía queda amor en el mundo. Pero no soporto tener que pagarle el capricho nupcial a nadie. Lo hago por presión social, lo reconozco.

Creo que hemos perdido la razón real de lo que significa celebrar la unión de dos personas. Hay una idea que deberíamos recuperar: invitar a alguien significa querer que esté contigo, no que tenga que amortizar su presencia.

Hagamos un croquis. Una pareja se conoce, se enamora, empieza a salir, se va a vivir junta, convive durante años y llega un día en que dice: «¡Nos casamos!». Hasta ahí, todo correcto. Si quieres firmar unos papeles y celebrar que has decidido compartir tu vida con alguien, adelante.

Pero no. El «¡nos casamos!» implica hoy todo un acontecimiento social que mueve miles de euros. Sin ir más lejos, según Bodas.net, celebrar un matrimonio en España ronda los 25.000 euros. «Esta cifra no incluye ni la luna de miel ni el anillo de compromiso», aclaran en su página web.

Veinticinco mil euros. Me parece estupendo que una pareja decida gastarse 25.000 euros en celebrar su boda. Es su dinero y es su fiesta. Que contraten una finca, un catering, un DJ, una barra libre, un fotógrafo y hasta un señor que haga malabares con fuego si les hace ilusión. Lo que me cuesta entender es que, además, se dé por hecho que los invitados tenemos que contribuir económicamente a que ese despliegue sea posible.

Recibes la invitación y, ¡ojo!, viene con una aclaración: «Vuestra presencia es el mejor regalo, pero si nos queréis ayudar con nuestros próximos proyectos…» y aparece un número de cuenta. O un «ayúdanos a que este día sea especial», que viene a significar exactamente lo mismo. Se da por hecho que el regalo que hay que hacer es económico.

¿Dónde quedaron las vajillas feas, las lámparas ostentosas y las sábanas de seda? Siempre con ticket regalo, por favor.

¿Por qué tenemos que pagar en una boda? ¿En qué momento hemos aceptado que el regalo mínimo sean 150 euros? Para ir a una boda tengo que sacar la calculadora: si es en mi ciudad de residencia, ni tan mal. Pero cuidado como sea fuera de Madrid y haya que coger un tren, un avión o el coche y pagar un hotel. Ni decir tiene si, además, hay que sumar una despedida.

«¿Cuánto cuesta el cubierto?». Esta pregunta me fascina. Es la primera cuenta que hacemos muchos cuando recibimos una invitación. Según Bodas.net, la media está en 225 euros por invitado.

Las bodas han dejado de ser una celebración para convertirse en una hipoteca. Para los novios: trajes, fincas, catering, altar, decoración, barra libre, DJ, dos fotógrafos, una superproducción audiovisual con etalonaje y todo y una colección completa de extras que nadie había pedido pero que, de repente, parecen imprescindibles: candy bar, photocall, pintacaras, neones, bengalas, cámaras de vídeo 360 grados… Como si en lugar de casarnos estuviéramos organizando un festival de música, pero sin ningún patrocinio de una gran cervecera o de una línea de cosméticos.

Para los invitados, la cosa tampoco se queda corta. Entra en la balanza la reserva del día, o del fin de semana, el desplazamiento, el vestido, los zapatos, la peluquería, el maquillaje, la despedida y, por supuesto, el regalo.

Las parejas deciden casarse, deciden dónde hacerlo, cuánto quieren gastar, qué menú servir, qué música poner y, algunas, hasta cómo quieren que vayamos vestidos. Esto último ya me parece el colmo: no solo pago por asistir a tu boda, sino que además tengo que hacerlo siguiendo el código de vestimenta que has decidido.

Y tú, porque eres tú, pagas todo eso. Sí, ya sé que nadie te obliga. Que puedes decir que no. Que una invitación no es una orden judicial. Pero ¿por qué hemos normalizado que asistir a la celebración de alguien pueda suponer para otra persona un desembolso de 300 o 400 euros? ¿Por qué aceptamos como natural que una boda pueda convertirse en un gasto que obliga a renunciar a otros planes, a retrasar una compra o, directamente, a tirar de ahorros?

Pongamos una situación más sencilla sobre la mesa. Una persona cumple años. Una cifra redonda, por ejemplo, 50. Decide hacer una fiesta por todo lo alto y brindar por ese medio siglo de vida. Alquila un restaurante, reserva un espacio, contrata un buen menú, pone música y barra libre e invita a sus amigos. ¿Qué le regalas? Un libro porque le gusta leer. Una Smartbox de 50 euros porque crees que es un regalo maravilloso para una ocasión así. Una buena botella de vino porque el año pasado hizo una cata en La Rioja y quedó entusiasmado con la viticultura. Pero nunca se te ocurriría pensar: «Bueno, esta fiesta le habrá costado 100 euros por cabeza, así que yo tengo que regalarle 150».

Y ahí está la cuestión. Hemos convertido la boda en la única celebración en la que el anfitrión organiza el espectáculo y los invitados pagan una parte de la entrada.

Y no, no estoy diciendo que las parejas no deban celebrar sus bodas. Al contrario. Que las celebren como quieran. Que se gasten su dinero en flores, en una orquesta de veinte músicos o en una tarta de siete pisos. Que inviten a diez personas o a doscientas. El problema empieza cuando el coste de su decisión se convierte en una expectativa sobre los demás.

Porque quizá deberíamos volver a una idea bastante sencilla: si invito a alguien a mi boda es porque quiero que esté allí. No porque espero recuperar lo que me ha costado el menú. Una boda debería ser una invitación, no una inversión.

Y quizá también deberíamos preguntarnos si tiene algún sentido gastarnos 25.000 euros, o mucho más, en demostrar que estamos celebrando el amor mientras gastamos nuestros ahorros o pedimos un préstamo personal al banco para cubrir un capricho que luego amortizaremos con el regalo de los invitados. En los tiempos que corren, montar un espectáculo nupcial de estas dimensiones es un lujo para los novios, pero también para quienes reciben la invitación. Y quizá va siendo hora de reconocerlo: no todo el mundo puede, ni quiere, gastarse varios cientos de euros en un fin de semana para celebrar el amor de otra persona.

El amor, por suerte, sigue siendo gratis. La boda no tanto.

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