Agosto: el veraneo en el pueblo. Parte III

Aquí pocas veces duermo con la ventana abierta, pero el calor de este verano hace imposible cerrarla. Mientras cojo el sueño, presto atención a los ruidos del exterior. En Madrid también lo hago y me llegan, en la lejanía, motores de coches, alguna ambulancia apresurada, el run run de los aires acondicionados. En el pueblo es bien distinto. Desde la cama percibo los murmullos de los que aún toman la última en la plaza, el agudo cantar de los grillos y, sobre todo, el sonido seco de las hojas de los árboles movidas por el viento. Es paz y una melodía intermitente. Por la mañana amanezco con la sábana echada, en algún momento de la noche el frío ha debido arreciar e, inconsciente, me arropo. Por la ventana entra una leve brisa fresca y los pájaros cantan hasta que el calor aprieta.

Y hasta que el calor aprieta me pongo a trabajar en la terraza, bajo el nogal (aquí se le llama noguera). Es raro tener una noguera en el patio de casa, pero aquí tenemos una bien grande. Levanto la vista y veo verde, solo verde. En verano, los rayos del sol entran discretos por la comisura de las ramas, y en invierno la sombra no se deja ver. Es todo un privilegio. Durante la jornada laboral, tras ella, al otro lado de la mediana de la casa, están reformando otra. Dos albañiles trabajan bajo el justiciero sol de agosto. Mi padre los saluda desde la ventana todas las mañanas y algunos vecinos también lo hacen desde el atrio de la iglesia. En el pueblo es así: nos saludamos a voces.

Este fin de semana he vuelto a bailar la danza del pueblo. Hacía casi diez años que no bailaba y ha sido como volver a aquella época en la que cada fin de semana de agosto cogíamos el hato y nos íbamos a cualquier pueblo de la comarca. Yo tendría unos catorce o quince años la primera vez que salí con el grupo folclórico. En el pueblo había bailado siempre, pero el grupo folclórico era otro nivel: bailaban ‘las mayores’, y me sentía muy importante por formar parte de aquello. Luego fui yo la que pasó a ser de ‘las mayores’, y es tan bonito ver cómo varias generaciones se juntan para mantener vivo un espíritu

En febrero del año pasado me publicaron en el periódico de Las Navas del Marqués, provincia de Ávila, un texto que titulé como ‘¡¡Soy de pueblo!!‘ Dejo por aquí, a cambio de un nuevo microrrelato, unos párrafos que escribí en aquel artículo:

Los que tenemos pueblo entendemos lo que supone ’salir al fresco’ o ’sacar la silla al fresco’. Llamamos a la gente mayor «la tía tal” o «el tío cual», aunque no sean de nuestra familia. Le ponemos el «la» delante a los nombres de mujer. Entendemos lo que quieren decir cuando preguntan «¿y tú de quién eres?».


Sabemos a la perfección lo que supone el mes de agosto: un tour por las fiestas de los pueblos de la alredorá. Pero, sobre todo, sabemos que las fiestas de nuestro pueblo son las mejores.
Entendemos, los de Castillejo del Romeral, en Cuenca, que la noguera es el árbol que da las nueces y no un pueblo de Lérida. Eso de nogal lo tenemos difuso. Sabemos, lo que supone en fiestas, no probar una gota de agua más que para ducharte. Sabemos lo que es vivir sin cobertura y tener que subir al Castillo a buscarla. Y somos conscientes de que si un día hay tormenta, ni castillo ni cobertura: nos quedamos sin luz.


Los de Castillejo también sabemos lo que es el Galopeo y lo bailamos en fiestas patronales, bodas, bautizos, comuniones y hasta entierros y funerales, si me apuras. Vemos normal el llamar a la puerta de una casa y que en el interior se escuche un «¿quién?», siempre pensando «abre la puerta y verás quién soy, no me voy a poner a gritar que vengo de la capital y en la capital no se grita”. Sabemos lo que son las Arquillas: un puesto en el que venden chuches, juguetes y pulseras veraniegas en los días de fiestas.


Pero sobre todo y ante todo, los de Castillejo sabemos que las abarcas son unas zapatillas, que un abanto es una persona muy fea, que si llegamos tarde a misa decimos eso de «ainas llego», y que si algo se nos cae, nos amagamos para recogerlo. En el caso de que a alguien le moleste algo, le solemos decir «anda y que se amuele«; así como si queremos que llegue pronto a la quedada, le decimos que llegue ascape; y si Arturo Pérez Reverte revolucionó tuiter con el famoso “idos”, y Lola Flores pasó a la historia con esa expresión de “si me queréis, irse”, mi abuela siempre decía “anda veros de aquí”.


Si vemos a un niño entradito en carnes saltando, solemos decir eso de «mira cómo blinca el muchacho, con lo bollagas que está». Por el contrario, si es un niño tranquilo solemos decir expresiones como «mira como cagalea«. Si nos aburrimos en casa salimos por la puerta diciendo «me voy a echar una casquera con los vecinos», es decir, que te vas a hablar con el primero que encuentres, pero si ese vecino es muy pesado y habla por los codos, volvemos y le decimos a nuestra madre: «menuda cencerrá que me ha metido». Claro, que poco dura la tranquilidad en el hogar, porque la abuela nos pedirá bajar a la plaza a por el pan y, cuando nos encontremos con un amigo, le diremos que nos han hecho un mandao. Y es que los mandaos en el pueblo es pasar un día de compras en la plaza porque allí llega la furgoneta del pan, el camión de los congelados y el frutero. Vamos, que en el pueblo, pese a ser un pueblo, no te falta dená.


En invierno nos solemos poner al orete de la lumbre, porque hace mucho frío. Pero, aunque en el pueblo haga mucho frío, en verano, cuando alguno de nuestros vecinos madrugadores sale a andar temprano y silbando, y duermes con a ventana abierta, te revuelves entre las sábanas y piensas: «ya ha salido el tío X solbitando”. Además, que el silbido del tío X es tan potente que resuena en el peñascar porque eso de peñascal, no entendemos lo que es.


Y es que, cuando pasas unos días en el pueblo, vuelves a Madrid siendo más de allí que las rosquillas de baño, un dulce que solo se hace para San Bartolomé, la fiesta grande, y es cuando a los músicos de la orquesta, a las seis de la mañana, les gritamos eso de “¡otra o al pilón!”. Y siempre cuela.

 

2 comentarios en “Agosto: el veraneo en el pueblo. Parte III”

  1. Así es, tal y como lo cuentas, en casi todos los pueblos pequeños se dan esas situaciones que relatas. En cuanto al vocabulario, cada zona tiene el suyo, que aunque no estén incluidos en la RAE, son todos muy entrañables., a mi me gusta usar esas palabras cuando estoy con algunas personas de mi zona, no se deberían perder.
    Como ya te he apuntado en otras publicaciones, me encanta como escribes y me encantaría que te animaras a escribir una novela, ensayo o una obra de teatro, tienes talento.

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