Lo que el paucar me enseñó

Empecé con estos post bajo la excusa de publicar microrrelatos escritos y locutados por mí. El título que le puse a este proyecto fue Meraki, que nace del alma. Y desde entonces he intentado contar lo que me inspira a la hora de escribirlos. Cosas que siempre nacen del alma. Pero hoy, al final de estas letras no voy a dejar un microrrelato de los míos.

Este verano crucé el atlántico y el sur de américa en horizontal hasta llegar a Perú. Allí me encontré con el paucar, un ave de la selva amazónica que imita el sonido de otros pájaros y el llanto y la risa de los niños. Hace diez días que regresé a mi realidad y creo que aún no me ha dado tiempo a digerir lo vivido a orillas del Amazonas.

Desde la ventanilla del avión, bajo mis pies, a pocos minutos de aterrizar, vi la enorme culebra marrón que forma el Amazonas y todo el ancho infinito de la selva. En el aeropuerto me esperaba Fátima. La conocí hace más de diez años, en la radio.  Apareció con una tirita en una de sus mejillas: le habían quitado un grano. No sé qué impresión me dio de primeras, no lo recuerdo. Tampoco recuerdo cómo empezamos a ser amigas, supongo que el tiempo y el codo con codo en las ondas lo hizo por nosotras.

Conservo en mi memoria a una chica de bien, como diría mi madre, muy correcta, muy formal y con una educación conservadora. Una chica de dieciocho años que llegó desde Monforte de Lemos (Lugo) a Madrid con la ilusión de convertirse en periodista. Una joven que se impresionaba al ver la iluminación navideña de las calles de la capital, que llevaba chaqueta de cuero marrón durante los fríos días de febrero porque decía que en Madrid hacía calor. Una amiga con la que me reía, salía de fiesta, nos contábamos las alegrías y las penas, pero sobre todo, una chica con una personalidad arrolladora y con una mente increíble.
 
Durante todo este tiempo he descubierto a una Fátima que crecía y crecía en todos los aspectos. Siempre quiso cambiar el mundo. Todos los que estudiamos periodismo lo tenemos como objetivo, pero ella, realmente lo está haciendo. Hace tres años se embarcó en, probablemente, la mayor aventura de su vida: Proyecto Iquitos. Sus ganas de querer cambiar al mundo la llevaron a crear Amazondas, una radio comunitaria en Santa Clara del Ojeal (Iquitos, Perú). Y allí estuve yo, nueve días conociendo cómo es ahora la vida de mi amiga, disfrutando de unas puestas de sol mágicas, del asombroso vuelo de las luciérnagas en la oscuridad de la noche, del arcoíris tras una tormenta que nos regalaba agua para ducharnos; con los gallos por despertador, las conversaciones a la luz de las velas, la compañía de las peludas Lena y Sacha, y bajo la seguridad de tener a Gabi cerca. Los exquisitos juanes de las mujeres de la comunidad, la artesanía de Samira y Jairo. Los aguacates, la guaba, el mango, el cacao, la toronja, la comida de Brenda, la energía de Liam, la espontaneidad de Sephora, la mente creativa de Luis, los juegos con los niños, los abrazos sinceros.
 
Hubo momentos difíciles porque la vida allí no es sencilla: no hay luz eléctrica, no hay agua corriente, las comunicaciones son escasas, la lluvia también; las historias de los vecinos son duras, no hay medicinas, ni médicos, y la única enfermera que va una vez a la semana, atiende según su apetencia. Fui testigo de varias injusticias humanas con las que Fátima y Andrea luchan cada día. Andrea es la compañera de proyecto de Fátima. Ellas, son el apoyo, la ayuda, las médicos, las enfermeras, las abogadas, las profesoras, lo son todo. Su labor allí es increíble y todo lo que hacen sí que es un auténtico Meraki: lo hacen con el alma, el tiempo, el dinero, la vida.
 
El paucar me ha enseñado la selva, y la selva me ha enseñado que existe el tiempo lento y pausado, y que no solo existe un ajetreo de tareas programadas. Que todo puede cambiar en milésimas de segundo, que la vida no vale lo mismo aquí que allí, que lo que para nosotros es un dolor, para otros puede suponer la muerte; que el agua no es eterna, que el Amazonas no es solo un río, sino una base de alimentación, una lavadora, una ducha, un lavavajillas, una carretera o la piscina municipal. Que la naturaleza es lo que nos hace ser, que lo humano es lo que nos hace sentir y que merece la pena conocer lo desconocido porque así se esfuman los miedo y los prejuicios. Las Evas, Héctor, Pepe, Mariana y yo nunca olvidaremos lo que nos dijo el paucar, y Fátima y Andrea seguirán transmitiéndolo.
 
Cuando salí de la selva continué viviendo otras aventuras por el país. Conocí a gente maravillosa de diferentes partes del mundo. Escribí postales que ya están llegando a sus destinos, conocí lugares que me tocaron el corazón y probé comidas exquisitas, pero los días en la selva son los días que destaco de este intenso viaje porque sí creo que el mundo se puede cambiar, o por lo menos, mejorar.
 
Este domingo pasado hubo elecciones elecciones regionales y municipales en Perú, y Amazondas dio un paseo por las calles de Santa Clara para recoger las opiniones y de los vecinos. ¿Qué le piden a los nuevos gobernantes?
Paseos. Anatomía de una promesa electoral

1 comentario en “Lo que el paucar me enseñó”

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s