Hasta que la muerte nos separe

Escuchaba en la radio una entrevista que le han hecho a Pablo Álvarez y Sara García, dos españoles de 34 y 33 años respectivamente que han sido seleccionados para trabajar en la Agencia Espacial Europea. Dos jóvenes con una trayectoria impecable, educados en la escuela pública y con un currículo digno de pisar el espacio. Tras la entrevista, los tertulianos del programa debatían sobre el tema y admiraban su juventud y lo bien formados que estaban. Esto les ha llevado a comentar cómo, como sociedad, hemos evolucionado y la diferencia de oportunidades entre generaciones. Una de las periodistas decía que hay generaciones, refiriéndose a la de estos chicos, que también es la mía, que han vivido solo en situación de crisis y en situación de precariedad laboral aún siendo una de las generaciones más preparada y con más oportunidades de todos los tiempos. Que aquella generación que se formó en la década de los ochenta y que emprendieron en aquélla su marcha laboral, vivieron las vacas gordas y ahora empiezan a jubilarse. Mi madre siempre dice que mis abuelos superaron a sus padres, que mis padres superaron a mis abuelos, pero que nosotros no vamos a superar a nuestros padres, o por lo menos lo vamos a tener bien complicado.

Los de mi generación sí, puede que seamos de los más formados, pero también estamos en un limbo del que salimos a duras penas: vivimos con el rescoldo del ‘para toda la vida‘, mientras que las generaciones que vienen detrás no conciben eso de echar raíces ni en una ciudad, ni en una casa, ni mucho menos en un trabajo. Hará un mes, más o menos, estuve en una reunión en la que una de las participantes se quejaba de «que ahora, la gente joven que empieza a trabajar en la empresa, viene de paso. No tienen intención de estar aquí toda la vida», ¡y menos mal! porque creo que, en cierto modo, no es sano. También somos una generación a la que nos dijeron que podíamos con todo. Nos vendieron que podíamos tenerlo absolutamente todo: un buen trabajo, un buen sueldo, una casa, una familia, un ocio abundante… todo bajo una sola premisa: la buena posición socioeconómica, es decir, si estudias encontrarás un buen trabajo y ese buen trabajo te dará un buen sueldo; lo que implica que podrás comparte la casa de tus sueños donde verás crecer felices a una prole de hijos, y un buen día llegará el momento en el que te toque jubilarte, a eso de los 67 o 70 años, y disfrutar de verdad de la vida: antes no podías porque estabas construyendo ese ‘para toda la vida’ y no tenías tiempo, porque claro, ese ‘estupendo’ trabajo por el que te pagaban mil y pocos euros te comía el tiempo, y el alquiler/hipoteca de la ‘casa de tus sueños’ te comía el dinero. Pero, amigos, a los 70 años no tendrás esa energía para comerte el mundo, para aprender cosas nuevas, explorar, equivocarte y volver a empezar, viajar sobre la marcha, correr una maratón o saltar en paracaídas, si se presta.  A los 70 solo tendrás la energía de arrepentirte de lo que no has hecho. Yo lo veo así.

Mi amiga Paloma es maestra. Disfruta enseñando y sembrando conceptos en los pequeños cerebros de los niños de primaria. Hace unos meses cambió la enseñanza por adentrarse en un nuevo proyecto subvencionado por la Unión Europea para implantar las nuevas tecnologías en los colegios y para mejorar la competencia digital de los docentes. Entre cafés y cervezas que arreglan el mundo nos desahogábamos cada una con lo nuestro. Yo le hablaba de las necesidad que tengo de lanzarme a proyectos y áreas arriesgadas. Ella me decía que echaba de menos la enseñanza, que en el puesto que está ahora vive cómoda, teletrabaja, tiene menos quebraderos de cabeza, no tiene que lidiar con padres de alumnos y que, por supuesto, cobra mucho más que antes, pero su trabajo no le hace feliz. Ambas llegamos a la conclusión de que no todo es dinero, de que no todo es alcanzar esa buena posición socioeconómica que nos vendieron. Que la comodidad, la zona de confort no da la felicidad. Que cambiar merece la pena por el simple y mero hecho de haberlo intentado y que lo más importante, pese a todo, es levantarte cada mañana sintiéndote bien contigo misma. Que lo único que tenemos para toda la vida es seguir sobreviviendo a las crisis y que la única jubilación que vamos a tener es la de seguir trabajando.

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1 comentario en “Hasta que la muerte nos separe”

  1. Mucha razón tienes, pero si unas personas formadas se ven y se desean para conseguir una posición aceptable, las personas con un bajo nivel de formación creo que lo tienen peor. De cualquier manera, la formación de las personas no solo sirve para conseguir una posición socio-económica elevada, también hace que las personas tengan capacidad de elegir, discernir y valorar cualquier movimiento en el transcurso de su vida. Las personas cultas son menos vulnerables de ser dominadas.
    En cuanto a decidir nuestro futuro laboral, cuanto más formación se tiene más fácil es elegir lo que verdaderamente queremos y nos puede llegar a hacer felices

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